miércoles, 16 de marzo de 2011

La izquierda y el prohibido prohibir del tabaco

Ante la reciente normativa que restringe el uso del tabaco en lugares de acceso público, como los bares y restaurantes, ha surgido todo un debate dónde paradójicamente se escuchan voces a favor del tabaco desde algunas posturas de la izquierda social. Haciendo bandera del antiprohibicionismo –los hay que hablan de ponerse un brazalete con un piti- y de una supuesta visión represiva de derechos, se pretende justificar lo injustificable; aceptar que está en la misma posición aquel que emite humo dañino para él, pero sobre todo para el resto, como la persona pasiva que ningún daño hace. Aquí el imperativo categórico de Kant cobra toda validez; no hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti. Podemos desviar la atención en variables paralelas, pero que nunca justifican en sí mismo fumar en los bares. Argumentar que la ciudad está llena de coches, que las empresas contaminan muchísimo, que la gente no usa el transporte público y un largo etcétera, pierden todo su valor al no ser incompatibles con las del humo del tabaco.Abogar por cerrar la ciudad al coche, por plantear un modelo distinto de organización socioeconómica y ecológica y además aprobar la restricción de humo de tabaco, dejan vacías las reclamas de los protabaco.

A diferencia de lo que se suele postular, no se busca criminalizar al fumador y tampoco implantar una ley seca del tabaco, nada más lejos de la realidad. Personalmente abogo porque cualquiera tenga la libertad de tomar todo tipo de sustancias, incluida el tabaco. Nadie duda aquí del gozo que le supone a alguien fumarse un pitillo después de comer y de su derecho a disfrutarlo, pero ese no es el debate, no nos engañemos. De lo que se discute es de libertad, pero ¿de qué libertad hablamos, cómo se define y qué actores entran en juego?

Si lo estudiamos desde la perspectiva de una persona de izquierdas, habría en primer lugar, que posicionarse con el actor más débil de una relación; en éste caso los más de un millón de camareros , camareras, trabadores de casinos etc.., que no tienen porqué, además de estar trabajando, aguantar unos niveles de humo insoportables durante ocho horas al día. Al igual que cualquier trabajador, tienen todo el derecho a evitar esa situación cotidiana en su lugar de trabajo. Hay quien afirma, que al igual que existen trabajos con un plus de peligrosidad, tipo mineros, al trabajar en la hostelería debería aplicarse el mismo criterio. Rápidamente abandonamos las lecturas de clase, para equiparar la obviedad del peligro que implica la mina, con la situación de alguien que sirve cafés o trabaja de croupier en un casino. Se le paga un plus por el humo que soporta y todo arreglado, es decir, algo totalmente evitable se pretende subsanar con dinero, cuando se puede gestionar en otros términos. Que yo sepa nada implica que el bar tenga su razón de ser en ir a fumar, como tampoco la había en los aviones, los cines etc.. El Estado no es quién para entrometerse en las normas de un local privado dicen, pero omiten que todo local cuenta con una licencia pública y está sujeta a una serie de condiciones, entre ellas, las de la defensa en la salud de sus trabajadores. ¿Deberíamos dejar entonces, en mano de los empresarios hosteleros la decisión sobre normas de éste tipo? Sabemos que esa opción siempre se traduce en chantaje, frente al débil poder de negociación social del precariado de la hostelería. El control estatal puede ser horrible, pero lo es mucho más el que puedan ejercer las empresas que trafican con la fuerza de trabajo, por no hablar del control biopolítico que inoculan las multinacionales del tabaco.

Todos los estudios de o­ncología, apuntan a que las únicas mejoras en la salud se dan únicamente cuando dejan de estar expuestos al humo del tabaco, a no ser, que le demos más validez a los análisis pseudocientíficos que elaboran las tabacaleras y sus tentáculos bien financiados como la FEHR o grupos creados como el club de fumadores por la tolerancia. Defender la libertad de fumar tabaco como un acto rebelde, tiene el mismo valor transformador que la sensación de sentirse libre cuando se conduce un coche a gran velocidad: nula. La supuesta tolerancia y autoregulación entre fumadores y no fumadores –lema de Philip Morris-, se ubica en las antípodas de una visión libertaria que rechaza al Estado opresor, al contrario, se acerca más a los postulados neoconservadores que sacralizan el derecho individual por encima de todo. No es casualidad entonces, que haya sido la derecha más cavernícola, la que haga de punta de lanza en su cruzada por la libertad del tabaco. Intereconomía tiene un anuncio que así lo resalta y su brazo mediático, La Gaceta, cuenta con un banner en su web con la imagen de un preso apretando las barras de una celda, en contra de la política represiva de Zapatero. El dueño del asador de Marbella, retrogrado descarnado, cuenta con todo el apoyo del PP de la zona.

Mezclar la medida con la inutilidad de Zapatero, la hipocresía de recaudar dinero con el tabaco o la inoperante medida que obligó a reformar miles del bares, para luego prohibir totalmente el tabaco, es echar balones fuera y no reconocer el debate real. Una visión de izquierdas, autónoma, no puede escudarse en su subjetividad de fumador - que en ocasiones nubla su criterio por estar condicionado a una sustancia-, en realidad, debería afirmar su ética colectiva y su subjetividad como persona que defiende, entre otros criterios, el de clase.

AENA: viajeros, huelgas y el precariado que se viene

La amenaza de huelga de los y las trabajadoras de AENA, han confirmado todas las sospechas que apuntan hacia un imaginario social cada vez más reaccionario. Cuando los controladores aéreos dejaron vacios masivamente sus puestos de trabajo, las discusiones en la izquierda, se centraban en si había que denostar a los controladores por corporativistas y privilegiados, o por el contrario, comprender que lo importante era la amenaza de privatización. Pues bien, ahora cuando son simples y llanos trabajadores, quienes encuentran en la huelga su mecanismo de resistencia, la lluvia de insultos y deseos de mano dura contra ellos, no ha variado un ápice por el hecho de cobrar 1200 euros en lugar de 200.000 euros. Es decir, mientras que la izquierda levitaba en su mundo discutiendo sobre un verdadero posicionamiento, al conjunto de la población lo único que le importa es sacralizar su derecho a viajar, se ponga quien se ponga delante. El mapa sociolaboral se presenta extremadamente grave por dos motivos, principalmente. En primer lugar, comienza a desvanecerse la idea de que las huelgas son un mecanismo democrático, necesario para la defensa de los intereses de los asalariados. Todo un trastorno cultural y antropológico, que interpreta los derechos entendidos como consumidor y cliente, orgulloso de un cinismo que se jacta de pasar de la política, pero que comprende a la perfección las bases del funcionamiento de un libre mercado aparentemente despolitizado. En segundo lugar y como reacción a la reacción, las posturas y discursos de los sindicatos, suelen afianzarse en la idea originaria del movimiento obrero, de mitos y ritos impolutos, casi sagrados, en los que hay que insistir porque al parecer no se han repetido lo suficiente. Por lo tanto, se presenta un escenario borroso y de difícil solución.

En ningún momento el debate gira en torno a la privatización de bienes públicos, bien sea porque las posiciones se apoyan en la supuesta eficiencia del mercado, o bien sea, porque se asume –inconsciente o conscientemente-, la realidad colectiva como una derrota y la libertad individual –en este caso de viajar-, prima sobre cualquier defensa laboral. Reaccionario también, porque precisamente los pocos sectores que todavía cuentan con capacidad de presión, son precisamente aquellos a los que la ciudadanía acusa de privilegiados, ya que ellos, no gozan de semejante placer. Es la guerra del penúltimo contra el último, de autóctonos contra inmigrantes, y al mismo tiempo, del último contra el penúltimo, precarios y temporales contra trabajadores del sector público. Un planteamiento idóneo para alisar el espacio del capital y llevar a cabo todo tipo de reformas, que siempre benefician a intereses privados, a costa del resto, también de los que viajan. Cuando privaticen AENA, quizá por el peso con el que todavía cuentan los sindicatos en las negociaciones, se logren salvar el grueso de condiciones laborales actuales, pero en cualquier caso, será una medida temporal donde los nuevos que entren, lo harán bajo el manto de la precariedad y la subcontrata. Muchos de los hijos e hijas de los activistas iracundos, que hoy atacan todo lo que huela a huelga, mañana cuando sufran la precariedad, tendrán que agradecerle a sus progenitores el legado de la vida que lleven.

En el debate de la Tuerka CMI de hace un par de semanas, sobre sindicalismo, a los ponentes se les preguntaba por el papel que deben cumplir los sindicatos en la economía digital del siglo XXI y la era de la precariedad. La respuesta, unánime, ponía el acento en la recuperación de valores perdidos, en la reactualización de ideas bien pensadas para otro tiempo, pero incomprensibles para el nuestro. Incluso, ni siquiera plantearse la necesidad de cambios que se adapten a la realidad de la fuerza de trabajo contemporánea. Ante la pregunta de por qué manejando datos similares con la huelga del 2002, la huelga general del 2010, se ha percibido de forma distinta, más débil; el ponente de CCOO respondía, que la percepción podrá ser la que se quiera, pero los datos estaban allí y eso era lo importante. Estas dos afirmaciones son el síntoma de lo que antes llamaba la reacción de la reacción. Frente a las transformaciones de una fuerza de trabajo precaria e inmaterial y las bases de un capitalismo fundado sobre el saber y la financiarización, mejor refugiarse en la solidez de un mundo que se desvanece. La importancia de la percepción pública sobre un conflicto, amplificada por las comunicaciones y medios, traslada también, fuera del centro de trabajo, el desenlace final del acontecimiento en cuestión. La construcción de la opinión pública, la vinculación de emociones compartidas sobre un mismo hecho y las lecturas que se hacen de la realidad, son infinitamente más importantes que los datos manejados sobre energía en los polígonos industriales.

El problema de AENA, es entonces, el del fantasma de la precariedad; fantasma que para muchos y muchas, desde hace ya tiempo, se ha convertido en un compañero de viaje; y no parece que pretenda abandonarnos. Alrededor del mundo una fuerza de trabajo cada vez más intelectualizada –que no intelectual-, comienza a dar muestras de lo que antes se llamaba centralidad obrera; es ahora cuando urge construir un nuevo imaginario que vuelva a emocionar, a impactar en el pecho de la gente. Lo llevamos viendo en medio mundo, ayer mismo en Portugal salieron miles de precarios, “la generación en apuros”, se hacen llamar. Para el 26 de marzo, en Londres, se proyectan acciones masivas con la intención de cortocircuitar la temporalidad dominante, abriendo espacios a la multitud, cerrándoselas al mercado. Aquí, la generación sin futuro, aún hiberna, en nosotros está darle voz pública; pero queda claro que los Sex Pistols se equivocaron de año al gritar aquello de “No Future”; es más propio de nuestros tiempos.

Pongamos que hablo de violencia: De Egipto a Libia pasando por Europa

Resulta paradójico que a raíz de las revoluciones que protagonizan algunos países árabes, los mandatarios occidentales no paran de reiterar su voluntad por una transición pacífica a la democracia. Digo paradójico, pero en realidad forma parte de la estructura de un discurso que remite a identificaciones ideológicas. Aunque aparentemente presentadas como un razonamiento lógico y obvio, no dejan de ser representaciones de intereses concretos. Si borramos la dimensión moral del rechazo a la violencia y en cambio la estudiamos de manera analítica, se pueden extraer algunas conclusiones de su función histórica. La historia de la violencia es la historia de su gestión, ante la imposibilidad de su extinción total.

Los métodos punitivos han ido pasando de la muestra pública y sádica, de la tortura en el cadalso como expresión del poder del soberano, a su gradual reclusión y ocultamiento al ojo público gracias a su gestión y administración. Lo mismo sucede con las transformaciones sociales; en tanto y cuanto un Estado de Derecho articula mecanismos de integración a las demandas, la gestión no solamente descansa sobre el monopolio de la violencia, sino también, sobre la legitimad social ideológicamente hegemónica. Durante los llamados “treinta años gloriosos”, de la gran transformación en palabras de Polanyi, este contexto de regulación del conflicto da origen en Europa a un Estado de Bienestar, surgido del reparto del beneficio salarial pactado entre trabajo y capital. Podemos entonces afirmar con Michael Foucault, que durante esa época hasta el estallido del 68, la política es la continuación de la guerra por otros métodos y no al contrario.



Por lo tanto, una vez aceptada la hipótesis de que es imposible mitigar al completo la agresividad innata al ser humano –como también lo es la cooperación-, sólo resta pensar en construir instituciones que la contengan; la pregunta es cómo y en beneficio de quién. No hay nada que indique que por sí misma, en todos los casos y coyunturas histórico-políticas, la violencia sea un mecanismo útil para transformar la realidad. Pero al mismo tiempo, la violencia como demostración de fuerza, ha sido y es, una herramienta determinante. El “ismo” del pacifismo y del violentismo son dos variantes de un mismo dogma. ¿Qué resulta más violento, las manifestaciones de la juventud griega, las revueltas árabes, o el monopolio de la violencia estatal y lo planes de ajuste del FMI?



Decía Hobbes, padre del Estado moderno, que la primera norma que prima sobre las demás, es la de aceptar primero de todo, la obediencia al soberano como ley natural, en el tránsito de lo que llama estado de naturaleza a la sociedad civil. Por lo tanto según Hobbes, salir del estado de naturaleza implica aceptar ciegamente la ley natural de la obediencia. Pero la historia demuestra que la obediencia lejos de fundarse en un origen natural, expresa la defensa de un status quo socialmente construido. Una forma de orden concreta, que se presenta siempre como garante de la universalidad y como la única alternativa viable. Ésta conclusión junto con todas las teorías llamadas “objetivistas” y de elección racional, que naturalizan las relaciones sociales basadas en el coste-beneficio individual, entraron hace mucho tiempo en entredicho; pero últimamente se revelan totalmente irreales.



¿Es buena la violencia, es mala la violencia? La respuesta es obvia, sacada de contexto, en abstracta siempre se considera como algo maldito. pero ¿acaso los regímenes árabes cuando transcurría “la normalidad”, no estaban sostenidos por la violencia más atroz? ¿no funcionaban las dictaduras como anillo al dedo para alisar el espacio de implantación de multinacionales y la acumulación de capital privado? Vienen a la mente las palabras de Sartre en el prólogo de Los condenados de la tierra, del mítico Franz Fanon, estudiando la situación que vivían las naciones colonizadas por países europeos, en Argelia concretamente. A los revoltosos argelinos sólo les quedaba la violencia como herramienta de lucha, pero también como la única terapia para liberarse colectivamente de las penurias, la represión sufrida y así revivir el gozo de vivir; ésta es la emoción que viven hoy las gentes árabes. En una coyuntura política muy distinta, un sentimiento similar parecen estar obstinados en despertar en Europa. Grecia no es Egipto ni Túnez y aún menos Libia, pero las reformas y los planes de ajuste que imponen los mercados, apuestan porque lo sea.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una nueva generación toma las calles de Europa. ¿Y en España?. Publicado en el Confidencial.com 29/12/2010

La oleada de manifestaciones y protestas que han estallado en distintos países de Europa, indican una posible escalada del conflicto social en el corto y medio plazo; la nueva década se inaugura con un nuevo ciclo de luchas del que todavía no se pueden sacar conclusiones certeras, aunque no parece que vayan a mermar. Con la dureza de los enfrentamientos de la juventud griega siempre como telón de fondo, encontramos protestas en Francia contra la subida de edad de jubilación, en Inglaterra contra la subida de tasas en la Universidad Pública y ahora golpean con dureza en Italia contra la reforma universitaria Gelmini, aprovechando la moción de censura al presidente Berlusconi.

En todas las luchas que están comenzando a cobrar fuerza a lo largo de Europa, encontramos elementos comunes más allá de las particularidades locales y nacionales: la defensa de lo público, del ejercicio del derecho colectivo que blinde el acceso a todos los recursos -desde la sanidad hasta el conocimiento-, que componen el patrimonio común de la población. La ciudadanía muestra así su heterogéneo rechazo en las calles, entendiendo que lo público está siendo objeto de cercamiento y mercantilización para beneficio privado, en detrimento de las condiciones de vida de gran parte de la población.

Entonces, ¿quiénes son hoy, en el siglo XXI, “la parte, sin parte” que está saliendo a las calles de Roma, Londres o Atenas? La respuesta difícilmente se puede reducir a la clásica retórica del movimiento y la clase obrera basada en su centralidad indiscutible en los procesos productivos. Ahora en cambio, además de la fuerza de trabajo industrial se suman toda una multitud de sujetos que no sólo utilizan la fuerza física, sino sobre todo su capacidad mental, las habilidades sociales o los afectos. Compuesta entre otros, por estudiantes, becarios, trabajadores precarios, parados, mujeres, ecologistas, migrantes, subcontratados y todo el amplio abanico de lo que en Italia ya han bautizado como el precariado metropolitano.

Toda una nueva generación comienza a cuestionarse la posibilidad de reproducir el relato de vida construido por sus padres cuando observa como su futuro ha tomado el semblante de un horizonte desolado por la precariedad
No es casualidad, por lo tanto, que sean los universitarios y estudiantes la punta de lanza de las expresiones más disruptivas y radicalizadas. Recordemos que en las últimas huelgas francesas -y antes contra el llamado Contrato de Primer Empleo CPE-, Sarkozy temía por encima de todo la extensión del movimiento a los estudiantes y jóvenes de la banlieue. Atravesados por su posición crucial en la producción inmaterial y manejo del conocimiento, sus funciones y recursos cognitivos, son hoy la materia prima central del modelo productivo que se abre camino en la sociedad de la información y las redes digitales. Igualmente, el estudiantil es un sector que todavía goza de bastante autonomía a la hora de movilizarse y alberga la capacidad de paralizar “la fábrica” con bastante facilidad. Esta es la razón fundamental del ímpetu empresarial en borrar las fronteras entre educación y mercado bajo la ecuación Universidad-Sociedad y disciplinar al estudiante como un trabajador con aspecto de cliente.

Las nuevas protestas, condicionadas por la propia composición de una nueva fuerza de trabajo europea fragmentada y explotada mentalmente, adoptan posiciones antagonistas con facilidad. Se percibe un salto cualitativo entre las clásicas demandas sindicales institucionalizadas por la mejora del salario real y la forma huracanada de una multitud desencantada con el modelo representativo, que es incapaz de asegurar a todas las personas el título de ciudadanía como antaño. Cada una de estas manifestaciones desnuda en su complejidad la naturaleza parasitaria que ejerce un mercado ansioso y caótico sobre la producción vitalmente generada por el cuerpo social. Toda una nueva generación comienza a cuestionarse la posibilidad de reproducir el relato de vida construido por sus padres cuando observa como su futuro ha tomado el semblante de un horizonte desolado por la precariedad. Su expresión desenfocada y existencial es difundida rápidamente como estrías por toda la ciudad, operando como un enjambre sin centro definido que rompe con la clásica dialéctica salarial entre trabajo y capital.

A primera vista todo parece indicar que a nuestros jóvenes -y mayores-, estos episodios que protagonizan los estudiantes en Europa les resultan ajenos a su realidad más cotidiana. No parece importar que nuestros niveles de precariedad, temporalidad, paro, capacidad de acceso a la vivienda y ausencia de perspectivas de futuro, sean incluso más altos que los de algunos de nuestros conciudadanos europeos. Entonces, ¿cómo es que todavía la conflictividad social no se convierte en una constante en las calles, los medios de comunicación, los debates y discusiones populares? Solemos encontrar respuestas de distinto tipo, que abarcan desde la crítica a una juventud que se refugia en el alcohol y la fiesta como método de evasión, hasta el cuestionamiento de la existencia de la propia precariedad de unos jóvenes que todavía sienten el abrigo de las redes familiares.

Es decir, las dos grandes razones que vendrían a explicar la inactividad de una juventud abocada a la incertidumbre se deben, por un lado, a una profunda despolitización y huida de todo lo relacionado con el implicarse en la protesta política; y, en segundo lugar, a la seguridad del régimen de bienestar familiar que todavía hace las veces de colchón y malla contra la exclusión social. Según los últimos datos disponibles sobre la actividad social de la juventud, se desmiente en parte la primera afirmación, aunque si bien es cierto que la mayoría de organizaciones en las que participa la juventud son de carácter caritativo, tipo ONG y no tanto movimientos políticos. En segundo lugar, la construcción cultural familiar no dista mucho del ejemplo italiano, donde los más allegados también cumplen un papel fundamental como mecanismo que mitiga la exclusión social. Entonces, si en términos objetivos tanto en el carácter socioeconómico como en el cultural, así como en los niveles de economía sumergida, no hay mucha distancia del caso italiano, ¿qué otras explicaciones cabría destacar?

Principalmente dos: la organización y el acontecimiento. La primera es fácil de explicar: en Italia existe una larga tradición de organización, trasladada de generación en generación, que combina muy bien la elaboración teórica con la práctica política combativa. No es casualidad que miles de jóvenes se presenten como un cuerpo disciplinado ataviados con cascos y escudos en forma de libro -el book block-, anunciando públicamente que su intención era llegar hasta un Senado señalado como ilegitimo a ojos de la ciudadanía. En segundo lugar, siempre se necesita de una apertura en la estructura de oportunidad política, es decir, un hecho, un acontecimiento que abra la posibilidad de incorporar demandas en la agenda política oficial.

Hacer coincidir en Roma las protestas estudiantiles, junto con los afectados por el terremoto de l`Aquila, los sindicatos del metal y un largo etcétera de actores justo en el momento en que se votaba la moción de censura a Berlusconi, supuso el momento idóneo para lanzar una inteligente apuesta política. En nuestro caso, todavía no se han dado ninguna de las dos condiciones que hacen posible el protagonismo social de los no representados. En España no existe una cultura organizativa tan profunda como en el caso italiano y, por ahora, no se ha generado un acontecimiento que haga estallar las contradicciones latentes antes descritas. Pero la realidad nunca está escrita y como afirma el filósofo esloveno Slavoj Zizek, la política es el arte de lo imposible, por lo que nunca se deben descartar hipótesis ni postales en nuestras calles como las de los enfrentamientos en Roma. La nueva década se inaugura con protestas que amenazan con extenderse e intensificarse, por lo que no nos debería extrañar, sí de aquí en un tiempo aparecen lemas como el de los estudiantes italianos: “Nos habéis quitado demasiado, ahora lo queremos todo”

http://www.elconfidencial.com/tribuna/europa-generacion-calles-espana-incognita-20101228-6800.html

viernes, 26 de noviembre de 2010

Movilidad, Control, Desobediencia

El civismo, del latín civis, viene a determinar la relación construida entre el ciudadano y la ciudad, es decir, el lugar, el espacio donde florecen un conjunto de pautas comunes de convivencia que varían a la par que se modifican las bases de su relación.
En Barcelona durante los últimos años, el ayuntamiento se ha propuesto como objetivo político generar una modificación sustancial en lo que hasta ahora veníamos comprendiendo como comportamiento en el espacio público.
Nuevos usos del espacio con la llegada de población inmigrante, nuevos tiempos, nuevas problemáticas surgidas de la fragmentación del mercado laboral y las formas de producción, hacen de la ciudad un espacio de uso intensivo, dinámico y conectado. La metrópoli se ha transformado en una fuente inagotable de innovación y movimiento, sustituyendo a las antiguas narraciones de vida lineales fijadas con tiempos estáticos, predecibles, que tenían su epicentro en la fábrica, el hogar y la comunidad, sin mayor necesidad de conexión.

En la metrópoli –actual fábrica postmoderna-, no se puede y no se quiere disciplinar a la población y en su lugar toman el testigo el control y la modulación, encargados de definir contornos más que diseñarlos. Controlar los flujos en lugar de ordenarlos, supervisar la producción en forma de mando interfiriendo cada vez menos en su proceso, o excluir en lugar de reinsertar, responden a unas dinámicas productivas parasitarias de la producción social colectiva. Estos y muchos otros aspectos provocan una mutación en la manera de gestionar el gobierno de la población, lo que obliga a pensar en nuevas formas contemporáneas de proyectar alternativas transformadoras. La política antagonista debería hacer uso de la desobediencia, la organización en red, basándose en una lectura precisa de la composición técnica de las nuevas formas de trabajo, ahora no tanto centradas en el obrero industrial. En cambio surge todo un abanico de formas de explotación asalariadas y no asalariadas dentro y fuera del mercado laboral, que conforman la base material y técnica de esa potencia que precisa articularse políticamente.

Teniendo en cuenta que la movilidad se eleva a condición básica tanto como factor de inclusión social, como elemento crucial para la producción, practicar la desobediencia en el transporte público adquiere una posición central, negando al colarse, el origen y fundamento mismo de la ley, omitiendo al mando. La relación entre movilidad y producción viene a ser total, dado que la capacidad de moverse no funciona ya como soporte de simples desplazamientos, sino a modo d esqueleto que permite levantar el cableado de la red. La cuestión central en el postfordismo no reside tanto en quien logre acumular más cantidad de propiedades, en realidad, tiene más que ver con alcanzar el acceso a las redes, a los servicios, a la información. La brecha entre los que tienen y los que no es amplia, pero la de los conectados y los desconectados lo es aún más.



Nos transmiten constantemente que tenemos que ser móviles y flexibles, que la incertidumbre será nuestra brújula y el hábito de no tener hábitos nuestra máxima a seguir. Pero al mismo tiempo su retórica de inclusión social a través del trabajo se convierte en una falacia y la contradicción entre lo demandado y lo posible, la llamada que todos escuchan pero que no todos pueden responder, es manifiesta. Hoy, si no tienes móvil, Internet, medio de transporte o no puedes pagar el transporte público, estás abocado a la marginalidad. Colarse en el metro puede tener múltiples interpretaciones, desde el que lo hace por puro egoísmo, por temas económicos, ética militante o simplemente por joder, por gozar de esa pequeña sensación de desobedecer. El motivo no es tan importante como la reacción provocada por las instituciones y los esfuerzos mediáticos y económicos por evitarlo a toda costa, lo que denota la clara evidencia de la importancia que adquiere laa movilidad en la agenda pública.

Numerosas experiencias han surgido alrededor de Europa en torno a la libre movilidad, el colectivo sin ticket de Bruselas, los grupos organizados de cueling en Paris, o la ingeniosa campaña de guerrilla de comunicación en Barcelona de la gente del blog moltllest.blogspot.com. Quizá la realidad apunta por empezar a construir un nuevo derecho a la ciudad que plantee a su vez toda una matriz de derechos que articulen la acción colectiva y política del precariado metropolitano en torno a la movilidad, la vivienda, información y la renta.

martes, 14 de septiembre de 2010

De la Imbecilidad a la lucha de clases

"La desgracia no une a las gentes, sino que las separa;
y donde parecería natural que dolor común debiera fundirlas hay mucha más injusticia
y crueldad entre ellas que entre las relativamente contentas"
Anton Chéjov

Durante los últimos tiempos hemos pasado de ver como la actual crisis es fruto del pinchazo de la burbuja inmobiliaria y las actitudes especulativas del crédito , a centrar el debate en torno al acoso y erosión de derechos conquistados, bajo el amparo demandado de una falsa solidaridad que deben mostrar los sectores más desfavorecidos. Ya ni siquiera se escucha el cacareado “esto lo arreglamos entre todos”, puesto que directamente – y ya sin tapujos-, recae todo el peso de la ley sobre las espaldas de las clases subalternas.


Poco a poco, desde los grandes medios de comunicación y desde casi todo el arco parlamentario se ha transmitido a la población la idea de que independientemente de las causas de la crisis, la única solución viable pasa por una reforma laboral voraz, el recorte en el gasto público y la pasividad en el terreno de lo social. De la CEOE no se dice ni una sola palabra, salvo cuestiones digamos técnicas, como que Díaz Ferrán no es el mejor candidato a presidirla, pero en ningún caso entra en discusión el cogollo de la cuestión: el antagonismo de intereses entre la continua acumulación de rentas por parte del capital – y de propiedad- y el detrimento proporcional de las rentas del trabajo escenificado en la intensificación de los ritmos productivos, el paro estructural y la disparidad brutal entre la reducción del salario y el aumento del beneficio privado: El PIB es sobretodo un indicador de crecimiento del capital, no del bienestar común. La supuesta naturalidad sociológica con la que se presentan las relaciones de dominación y explotación establecidas a priori como bases indiscutibles provoca reacciones –con todo sentido del término- , entre parte de la población. Éstas tienden a girar 180 º el foco de atención y apuntan a sectores más al alcance, más palpables, como los funcionarios o los trabajadores del sector público y así resolver el bloqueo mental colectivo, dejando al margen la discusión del libre mercado intocable.

Las formas difusas del fascismo social no sólo se presentan en la acusación del penúltimo contra el último – trabajadores autóctonos contra migrantes-, sino también se articula de manera inversa, el último contra el penúltimo. La construcción de una opinión pública reaccionaria en donde jóvenes precarios y temporales acusan de privilegiados a los trabajadores del metro, refleja en los dominados las ideas de los dominantes abogando por arrastrar a la incertidumbre laboral a aquellos que todavía gozan de cierta seguridad.


El ataque frontal hacía la existencia misma de sindicatos, dista mucho de las lecturas hechas por sectores de la izquierda extraparlamentaria, ya que en palabras de un representante del grupo Vocento en el transcurso de una tertulia, “su profunda ideologización y su postura obtusa al definirse como sindicatos de clase”, cristalizan su inutilidad como interlocutores y entorpecen la recuperación de la economía española. Es decir, la realidad discutida nada tiene que ver con una superación del sindicalismo oficial por medio de consejos, soviets, asambleas u organizaciones que abogan por un reparto radical de la riqueza; más bien todo lo contrario, mientras nos perdemos en señalar a CCOO y UGT como traidores “de la causa obrera”, Telemadrid utiliza el ejemplo de la CNT como sindicato que no recibe dinero público a modo de arma arrojadiza contra la subvención de los mismos.

Hay que reconocerlo, hemos sido totalmente incapaces de influir en la opinión pública y generar discursos y marcos de referencia alternativos. Testigos de nuestra propia miseria, nos conformamos con echar balones fuera, justificando en ese exterior constitutivo que siempre nos engaña, muchas de nuestras debilidades a la hora de organizar el antagonismo acorde a la base material de la sociedad postindustrial, es decir, de los tiempos que corren.

Para nada mi objetivo aquí es defender el papel de las grandes centrales sindicales, ni mucho menos criticar la postura legítima del anarcosindicalismo, sino la de plasmar una realidad que tiene como chivo expiatorio los sindicatos, pero cuyo objetivo es el de acabar con toda forma visual y explícita de la existencia de la lucha de clases. Posiblemente todos y todas tenemos rencor a unas centrales sindicales adormecidas, al típico liberado trajeado que se pasea – a veces-, por la empresa como si fuera un accionista más, o a la falta de un control férreo, democrático de base sobre las funciones esenciales que –algunos- liberados pervierten.

Aún así, debemos escapar de las visiones de los pequeños mundos autistas hiperpolitizados – en realidad más estéticos y dogmáticos que políticos-, ya que un escenario de derrota en la Huelga general no ayudará en nada a la toma de conciencia de que los sindicatos están obsoletos a la hora de defender los derechos de los de abajo y en consecuencia la gente despertará: el cuanto peor mejor, casi siempre acaba en peor todavía. Una derrota supondría la constatación de que el ciclo de reflujo en el que lleva años metida la izquierda se hunde hasta las profundidades. Chapotear en el lodo de la marginalidad, de las supuestas posturas que mantienen la pureza de los individuos que siempre se mantuvieron firmes en sus convicciones predeterminadas, es poco más que un ejercicio de narcisismo estéril y vacío de perspectiva revolucionaria.

La huelga es un repertorio de acción colectiva que nació en los albores movimiento obrero, conquistado con sangre, esfuerzos, dinero y tiempo. Un mecanismo idóneo para una sociedad construida alrededor de la inclusión social a través del salario en el ciclo de reproducción social. Pero a día de hoy, hemos pasado del socialismo del capital con unas relaciones de producción estatalizadas, al comunismo del capital donde la reestructuración del modo de producción amplia, revive e innova las formas de explotación, libres ahora de las cadenas de la regulación estatal.

Toda la multitud y heterogeneidad de nuevos sujetos explotados –precarios, migrantes, info-trabajadores -, junto con las formas contractuales que avanzan hacia el modelo de agentes libres*1, advierten que la gradual decadencia de la huelga como arma de guerra, deberá ser sustituida, o repensada por nuevas instituciones del movimiento: esa debe ser nuestra tarea a medio plazo.

Las luchas venideras se deben encaminar a mostrarse fuera de los centros de trabajo, en toda su dimensión metropolitana como herramienta de los que no estamos incluidos en el círculo de inclusión salarial, exigiendo así el derecho a la ciudad y a la renta básica, no como únicamente derecho laboral, sino también social, cultural y existencial, es decir de vida, pues de vida se nutre el capital del conocimiento y no sólo de las 8, 6,4 o 2 horas de empleo.

De hecho, los ejemplos de las últimas huelgas como las del metro de Madrid, conductores de Bus de Barcelona y ahora mismo en los ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, apuntan sin lugar a dudas en esta dirección. Lograr una victoria no depende ya únicamente en paralizar al completo los servicios, sino en la manera en que la batalla se libre en el terreno de la metrópoli, en la opinión pública, que a modo de César levantará o bajará el pulgar, aplaudiendo o condenando la huelga. La metrópolis se convierte ahora en el nuevo “centro de trabajo” de la Multitud, lugar privilegiado donde en un futuro cercano tenderemos que pensar en pasar de la imbecilidad a la lucha de clases o seguir chapoteando en el barro.



*1 Por agentes libres se entiende un modelo contractual en donde el trabajador prescinde del sindicato y los convenios colectivos y negocia directa e individualmente sus condiciones con la empresa. El acuerdo viene a efectuarse a medida, personalizado y acorde a las “necesidades” de ambos agentes que en ningún momento se deben nada a cambio. Es el sueño de la empresa flexible hecho realidad, poder dinamizar los recursos humanos sin traba alguna a la par que varían los caprichos de la producción del just in time, a tiempo real.